Bogotá. La miseria absoluta aún atrapa a siete millones de colombianos. Y la pobreza, a otros veinte. En los hogares de los primeros apenas pueden hacer una comida al día con los 61.6 dólares mensuales que, como mucho, logran reunir; en los segundos, sobreviven con algo menos de 144 dólares. Y si bien las estadísticas no consideran pobres a quienes mantienen a su familia con el salario mínimo, 251 dólares, lo cierto es que en ciudades como Bogotá, es una cantidad insuficiente para cubrir las necesidades básicas.
Los datos, revelados esta semana por la Mesep (Misión para el Empalme de las Series de Empleo, Pobreza y Desigualdad), dibujan un cuadro dramático de uno de los países con índices de inequidad más altos del mundo.
Durante el año pasado y debido a la crisis financiera mundial y el aumento del desempleo, los ingresos en las familias sufrieron una reducción del dos por ciento. La renta per cápita quedó, pues, en 3.473 dólares.
Las zonas rurales siguen siendo las más atrasadas. En ellas, el 64 por ciento de la población vive en medio de la pobreza y la miseria, pero algunas capitales tampoco salen bien paradas. Las del Eje Cafetero, Pereira, con un 42.8 por ciento de sus pobladores considerados pobres, y Manizales, con un 45,7, encabezan el triste ranking. Han sido, además, las que más ha sufrido la crisis económica española por el elevado número de personas que dependen de las remesas que llegan desde la península ibérica, en especial la capital de Risaralda.
“Se contuvo el aumento de la pobreza”, sentenció el director del DNP (Departamento Nacional de Planeación), Esteban Piedrahita. Considera que es un paso adelante dado el desfavorable entorno internacional y el boicot económico que impuso Hugo Chávez a Colombia a raíz de la firma del acuerdo militar entre Bogotá y Washington.
Algunos programas asistenciales del gobierno, como Familias en Acción, que entregan subsidios mensuales a quienes tienen menos recursos en función del número de hijos, amortiguan de alguna manera la miseria pero no ayudan a los beneficiarios a buscar las formas de generar ingresos a mediano y largo plazo.
En ese panorama aciago, las cifras de empleo correspondientes al mes de marzo, dadas a conocer el viernes por el Dane, arrojaron un destello de optimismo. El número de desempleados se redujo en dos décimas, al pasar del 12 por ciento en el 2009 al 11’8 en el pasado mes del presente año. Ello supone que son 2.5 millones de colombianos los que no pueden encontrar un trabajo.
Durante los últimos cuatro años de la presidencia de Álvaro Uribe, la economía ha sido el área donde sus compatriotas le suspendían. La preocupación principal de los colombianos pasó de las Farc al empleo y la economía doméstica. La reforma laboral que emprendió al poco de iniciar su primer mandato y que decretaba que el día acababa a las diez de la noche para eliminar horas extras y reducía las indemnizaciones por despido, nunca generó los puestos de trabajo esperados.
De ahí que el candidato a sucederle, Juan Manuel Santos, prefiera destacar los logros en materia de seguridad que alardear de éxitos económicos como el aumento de la inversión extranjera o la solidez de la banca nacional. Los elevados índices de desempleo y de trabajo informal, que ronda el 60 por ciento, son algunos de los puntos negros de la era Uribe que Santos, si llegara a gobernar, tendría que corregir.
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