Un día nos preguntarán qué hicimos para detener al sátrapa y nos tocará callarnos. Hugo Chávez avanza a pasos agigantados hacia una dictadura férrea y en Colombia, diana de sus diatribas groseras y de represalias económicas arbitrarias, aún hay quienes defienden sus abusos con el argumento de que siempre vence en las urnas. Otros le excusan comparándolo con Álvaro Uribe, dadas las personalidades caudillistas de ambos, como si los colombianos sufrieran los mismos atropellos caprichosos del Nerón de boina roja.
Por fortuna para los poderes Legislativo y Judicial de Colombia, y para nosotros los periodistas, el gobierno respeta las libertades que el vecino golpista reprime con dureza. Cada día, decenas de profesionales independientes, de trabajadores cualificados, escapan de las garras del chavismo hacia Panamá, Colombia, Costa Rica o Estados Unidos, mientras el mundo occidental prefiere fijar sus ojos en la inagotable chequera de Hugo Chávez a la espera de sacarle sus petrodólares.
En Colombia ese personaje siniestro merece el repudio generalizado, nunca inferior al 80 por ciento en las encuestas. Pero sus cotidianos atropellos pasan demasiadas veces desapercibidos por mucho que las pocas voces que siguen clamando en el desierto, a riesgo de su libertad y su vida, intenten difundirlas.
Marta Colomina escribió una valiente columna en El Universal de Caracas donde explica los hechos recientes en Globovisión, al tiempo que intenta remover las conciencias indolentes. A continuación reproduzco unos apartes de su escrito:
“Globovisión aguantó estoicamente el robo de sus microondas, la negativa a extenderse nacionalmente, las multas millonarias, agresiones a sus periodistas y equipos, la rapiña oficial ejercida contra la empresa de vehículos propiedad del socio mayoritario (diez de los cuales fueron saqueados en el mismísimo estacionamiento del Cicpc) y más atrocidades. Otro socio fue encarcelado con la descabellada acusación de ser "autor intelectual" del asesinato del fiscal Danilo Anderson; despojado del contrato del Teleférico (luego de cuantiosas inversiones) y de varios hoteles que poseía en el oriente del país. Desde la cúpula del Poder (y de manera pública) se propiciaron corridas contra el banco del que es propietario, entidad cuya supervivencia sería la razón del chantaje oficial para que se modifique la línea editorial de Globovisión…
“Resulta ingenuo, ¿o cobarde?, que con un régimen totalitario y un presidente marxista haya medios que se autocensuren creyendo que así pueden salvarse de la confiscación comunista. Esos empresarios deberían leer la aleccionadora carta que Miguel Ángel Quevedo, director de la revista cubana Bohemia, le enviase a un amigo, pocas horas antes de suicidarse: "Sé que después de muerto llevarán sobre mi tumba montañas de inculpaciones. Culpables fuimos todos. Fidel no es más que el resultado del estallido de la demagogia y de la insensatez. Todos contribuimos a crearlo. Los periodistas que conocieron la hoja de Fidel, su participación en el Bogotazo comunista, el asesinato de Manolo Castro y su conducta gangsteril en la Universidad, pedíamos una amnistía para él y sus cómplices, cuando se encontraba en prisión. Fue culpable el Congreso que aprobó la amnistía. Los comentaristas de radio y TV que lo colmaron de elogios… Fueron culpables los millonarios que llenaron de dinero a Fidel para que derribara al régimen. Los miles de traidores que se vendieron al barbudo criminal. Todos fuimos culpables. Por acción o por omisión. Ojalá mi muerte sea fecunda. Para que la prensa no sea más un eco de la calle, sino un faro de orientación para esa propia calle. Para que los millonarios no den más sus dineros a quienes después los despojan de todo, para que los anunciantes no llenen de poderío con sus anuncios a publicaciones sembradoras de odio y de infamia, capaces de destruir hasta la integridad física y moral de una nación. Y para que el pueblo recapacite y repudie esos voceros de odio… Este es mi último adiós, que mis compatriotas me perdonen todo el mal que he hecho".
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